EL CENTAURO DE CHONTALES

Jorge Eduardo Arellano

TRONANTE ERA su voz sincera de hombre humilde, acostumbrado a obedecer: sí, señor…; sí, patroncito. Estoy refiriéndome a un campisto legendario, cacastudo y larguirucho, hecho de muchísimas madrugadas y muchísimos solazos, inviernos y anocheceres. Estoy hablando de Catarrán, el Centauro de los vastos llanos chontaleños, hijo del río Oyate y de la sonsocuitosa Quimichapa, la inmensa hacienda colonial de la familia, poblada de innumerables venados, donde arreaba el ganado: Poonte, poonte, poonte

            Nunca faltó a las fiestas agostinas en honor  a la Virgencita de la Asunción, decidido a pagar promesas sorteando los toros más bravos: lo mejor que aprendió desde joven, además de domar caballos. Nacido en El Cobano, localidad de la jurisdicción de Juigalpa, el 8 de febrero de 1894, sesteaba como los toros: bajo los ahuehués (Montezuma cypress); tenía firmes amigos como el Cuisaltepe; y sorteaba con curtido de cuero de venado y también con capa de nylon, costal de bramante, pañuelo de seda, rama de guapinol, capote de hule, camisa de manta, chaqueta de azulón y blanco sombrero de palma.

            Catarrán divirtió a todo Chontales, esquivando descalzo centenares de veces al “Cumbo Negro” y más al “Trampolín”, y nunca ––no era su oficio el del torero español–– clavó espada toricida. Como era de esperarse, se definía jubilosamente macho, cantando:

Yo soy un hombre entre los hombres,

y entre las gallinas gallo.

En el corral de mis yeguas

no me relincha caballo.

Y el refrán de su predilección era: Mujer chiquita y mula baya,/ suéltele la jáquima y que se vaya.

            Contaban sus amigos campistos que Catarrán sorteó tres días consecutivos en la plaza de Cuapa, sin recibir un solo golpe. Como creyente militante, cargaba su palma bendita del Domingo de Ramos para librarse de los rayos y centellas de los toros. Criado entre el berrido de los terneros, sabía por experiencia propia que el ganado da la carne, la leche y el cuero: albardas, torsales, zurrones y camas de cuero. Reforzaba su pecho con doble hilera: tizana de limón adentro y escapulario de San Francisco afuera.

            Chabelo Espino, Ponciano Bonilla, Juan Suazo, Rafael Romero, Fulgencio Hurtado ––Melcocha––, Toribio Lumbí ––El Puro––, los Villagras, Nicolás Oporta ––Pizote–– y Máximo Castillo ––Coyote––, entre otros leales campistos evocaban a Catarrán en haciendas como Hato Grande, El Arrayán, El Hatillo, El Oyate y El Destino, de doña Irma Mongrío.

La tribu de los Rothschuh no paraba de referirme y describir sus hazañas, sus tremendos mostachos entrecanos y sus piernas largas como torzales; transfigurándolo en héroe epónimo de tenaces campistos pobres que antaño recibían quebrantadero de veinte vacas para obtener leche, mantequilla y cuajadas; y el libre acceso a los montes para derribarlos y sembrar maíz de primera y frijoles de postrera. Pero hoy, sin esas regalías, estaban reducidos a llevar una vida amarga.

            Esto lo confesó hace varias décadas don Vicente Hurtado ––tal era el nombre legal de Catarrán–– a un dadivoso pariente Arellano y Sequeira, o viceversa, arraigado en Juigalpa:

Ahora montamos caballitos tostados como caña seca de cuaquijoche, señor. Y me da coraje, mucho coraje por la escasa ración de carne que nos dan para el mes, los contados granos de café mohoso, el puño de afrecho que parece arroz y un poquito de gorgojos como frijoles. No conocemos ni la manteca, ni el azúcar, mucho menos pastillitas para el dolor de cabeza, ni nada para curar una calentura o una herida. Nuestra vida, señor, la llevamos vendida por sesenta pesos al mes, desde el amanecer hasta el anochecer, corriendo sobre pedregales, guieteros, tololingas. Los patrones se llevaron todo el jugo de la tierra con las quemas de cada año. Se llevaron la hermosura de los novillos de aquellos tiempones, porque querían más leche, más queso. Se lo llevaron todo. Nada dejaron ni al ganado, ni a los pastos. Se fueron a derrochar sus lujos a los Yunai o hasta Europa con los hijos para estudiar allá. Y a nosotros, los pobres campistos, casi nada nos dejaron, patroncito.

Entonces Catarrán ––la valentía personificada–– se aprestó para tirarse al ruedo frente a un desafiante toro mongrieño, lomo candela, grueso como un tronco de genízaro  evaporándose en medio de una gran polvareda, baba por delante, boñiga por detrás. Ágil como un gato kalmuco, el veterano campisto temerario escurría el bulto, una y otra vez, al toro enfurecido, pareciendo una bala de pescar. Cimbreante y elástico, Catarrán se salió con las suyas, entre madero y madero del ruedo municipal, recibiendo aplausos y abrazos, como siempre, a pesar de sus huesos ensarrados. Fuera de la barrera lo esperaba el premio: una buchada de guaro montero. Y Catarrán, el colosal jinete de los viejos tiempos gloriosos, cuando cabalgaba corpulento zaino, montó en un burrito desmedrado y jadeante, para continuar su camino en dirección a una loma calveada por los vientos de Amerrisque.

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